Dicen que el destino puede depararnos sorpresas. A veces positivas, otras no tanto, siempre impredecibles. Se les puede llamar de muchas maneras: golpes de suerte, giros vitales, inflexiones en la vida, cosas del destino, o un sin fín más. Pero, qué quieren que les diga. Yo los llamo “clics”.
Esta es la historia de Juan, un común de los mortales que vive en Vitoria y que lleva una vida bastante anodina como vendedor de coches de la marca Audi. Como la industria en la que trabaja, él también está en crisis, que sin saber muy bien porqué ni cómo se instala en uno y no lo suelta a no ser que algo suficientemente maravilloso ocurra.
Alberto, un amigo de toda la vida, llamó a Juan y le anunció que había conocido una mujer cuando visitaba una exposición de un conocido suyo en el museo Artium. Menuda novedad la de Alberto, uno de los seres más peculiares sobre la faz de la tierra. Como Juan, vive en Vitoria, pero a diferencia de éste, no ha trabajado en su vida. Es decir, no ha dado un palo al agua. Vive de rentas, gracias a la fortuna heredada por su familia. Locuaz y embaucador, liga con una facilidad pasmosa. Tras asegurar que se trataba de una mujer especial, le pidió un favor:
- Ana celebra una comida con amigos este sábado en una casa que tiene en Anguciana, un pueblo cercano a Haro. Me ha invitado, pero necesito acompañante que conduzca y que tenga un bonito coche. Ese eres tu.
Alberto ni trabaja ni tiene carnet de conducir, claro. Juan, en sus circunstancias, no lo pensó dos veces y aceptó.
Puntuales como un reloj, los dos amigos llegaron a casa de la, para Juan, misteriosa mujer que se había dejado embaucar en un museo por Alberto. Ana se presentó, saludó cariñosamente a su ligue y éste hizo las presentaciones oportunas. Dentro de la casa, algunas personas bebían y reían. La anfitriona hizo las presentaciones y se ausentó a la cocina. Alberto la siguió hablando por los codos y con ritmo frenético. Juan estuvo charlando con algunas personas. Se sentía extrañamente cómodo. Al cabo de un rato apareció la parejita sonriendo. Ana se detuvo en el rellano de la escalera y mirando hacia arriba gritó:
- Jon, hijo, baja, vamos a comer.
A Alberto se le cambió la cara. Buscó la de Juan y le hizo una mueca. Juan no se sorprendió y le devolvió un gesto como diciendo ‘¿y qué esperabas?’. Ana se sentó en la cabecera de la mesa e hizo un gesto para que los dos amigos, que habían estado hablando en voz baja instantes antes, se sentaran a su lado. A Juan le pareció un bonito gesto, mientras que a Alberto no. Jon apareció y, tras saludar a todo el mundo, se sentó junto a Alberto. Juan sonreía y miraba a su amigo, que tenía cara de poker.
Mientras Ana invitaba a que los comensales se sirvieran la comida que había preparado, Juan disfrutaba con la escena. Lo sentía por Alberto, pero hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. Entonces fue cuando se fijó en Ana. Le sorprendió su mirada, limpia y sincera. Sus ojos, grandes y claros, pelo corto y moreno, piel clara y delicada, le daban un aspecto relajado. Su hijo, aunque bastante más moreno, era su viva estampa. El niño preguntó a su madre por aquellas dos personas que no conocía. Ella lo puso al corriente. Fue entonces cuando el niño comenzó a preguntar sin parar. Alberto no respondía.
- ¿Qué le ocurre a tu amigo? -preguntó el niño a Juan. - Nada, tranquilo, es que está concentrado con la comida -respondió un más que sonriente Juan.
No era complicado saber lo que ocurría, y Ana miró a Juan con cara de circunstancias. Éste le devolvió una mirada de confianza. Jon, al igual que su madre, dirigieron sus preguntas y conversaciones hacia Juan, quien a costa de no comer a buen ritmo, estaba disfrutando con la escena. Jon hizo mil y una preguntas, mientras que su madre lo miraba con cara de desaprobación.
- Tranquila, me gusta que me pregunten. Además, tu hijo es encantador.
Alberto había cambiado su expresión. Ahora miraba a su amigo con cara de odio.
Jon tenía diez años y parecía un niño muy inteligente. Amante de las estrellas, quería ser astronauta de mayor.
- Ah, como Neils Armstrong.
- No, ese es un viejo. Además, no creo que hubiese estado en la luna.
- Ah, ¿no?
- Eso fue un truño como un puño.
- Ten cuidado, que has entrado en su tema favorito -advirtió Ana a su invitado.
Juan no pudo mas que reír y reír. No paró hasta los postres.
- Juan, si quieres te enseño mi escondite.
- Jon, no seas pesado. -dijo su madre.
- Sí, además nos tenemos que ir, ¿verdad Juan? -habló Alberto, quien hasta ese momento había permanecido callado.
- ¡Qué va! Si no tenemos prisa. Es sábado y me encantan los escondites. De pequeño tenía muchos, sobre todo en nuestra casa de vacaciones.
Alberto cruzó una mirada de desprecio con Juan, que no paraba de sonreír.
Tras los cafés, Jon tiró de Juan pidiéndole que lo acompañara. Alberto los siguió con desgana y a los pocos metros le dijo a su amigo que él se iba a dar una vuelta y perderse. Un emocionado Jon le enseñó su escondite. Se trataba de un lugar a las afueras del pueblo, tras un campo de trigo que estaba en su plenitud, y junto a un río que pasaba caudaloso. Tranquilo y silencioso, a Juan le pareció un lugar para evadirse y dejar atrás todos sus malos rollos.
- Me gusta mucho tu escondite. Necesitaba estar en un lugar así.
- Pues vengo mucho. Sobre todo de noche, a ver las estrellas.
- Claro, Pedro Duque.
- Ese está mejor -dijo un sonriente Jon.
Juan y el niño estuvieron hablando un buen rato. Se llevaban bien. Juan necesitaba hablar y Jon se mostraba como un buen conversador. No parecía que tuviese diez años.
- Juan, es un poco tarde. Mi madre estará preocupada. Volvamos.
- ¿Puedo quedarme un rato en tu escondite?
- Claro.
Juan sacó entonces su iPod y escuchando música, se tumbó y se relajó como hacía mucho no lo hacía. Al cabo de un rato, en pleno trance musical, alguien tocaba el hombro de nuestro hombre. Era Ana. Juan se quitó los auriculares.
- Perdona. Alberto ha vuelto y pregunta por ti. Jon me ha dicho dónde estabas.
- Puede esperar. Este lugar es mágico. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.
Juan se incorporó y Ana se sentó a su lado.
- Sí, a mí también me gusta. Vengo todo lo que puedo, aunque no tanto como Jon, claro. ¿Qué escuchas?
- Música chill-out o lounge, nunca las he sabido diferenciar.
- ¿Puedo escuchar?
- Claro.
Juan le prestó un auricular y él se puso el otro. Sonaba “Tones”, un tema de la serie “Café del Mar”.
- ¿Qué te parece?
- Me gusta.
Observaban el devenir de las corrientes del río. El ruido del agua parecía confluir con la música que sonaba en aquellos diminutos auriculares.
- ¿Puedo hacerte una pregunta? -rompió el silencio Ana.
- Por supuesto.
- Si te doy mi teléfono, ¿me llamarás?
“Clic”



En cuanto a novedades discográficas -facilito me lo han puesto- destaco una por encima de todas las demás. El grupo Bat For Lashes nos sorprendió con uno de los discos más frescos de los últimos años. Fur & Gold irradia optimismo y buen hacer por las cuatro esquinas. Por eso las escogieron Radiohead para telonearles en sus conciertos de 2008. Tras Bat For Lashes tenemos unos cuantos retornos, siempre agradables. Buen sabor de boca, aunque como aperitivo, nos deja Antony Hegarty, quien participó en un disco dance de Hercules & Love Affair, y lanzó un EP con The Johnsons llamado Another World, preámbulo de su magnífico nuevo disco The Crying Light, que aparecerá a principios de 2009, con gira incluida. Otro artista particular como él solo ha sido Jay-Jay Johanson, que ha vuelto con Self Portrait, otra vez a deleitarnos nuestros oídos, aunque en esta ocasión no lo consiga como antaño. Y por último los nuevos trabajos de los siempre interesantes Lambchop y Tindersticks.
En conciertos, exceptuando al Boss, poco movimiento ha habido por estos lares. Bruce Springsteen disfrutó como un enano durante su estancia en San Sebastián, y eso se notó en un espléndido concierto, siempre que obviemos al técnico de sonido, que no tuvo su noche. La sorpresa agradable la pusieron las Cocorosie, con un conciertazo en un abarrotado Victoria Eugenia, mientras que en ese mismo escenario un desconocido Bugge Wesseltoft ofreció un extrañísimo concierto dentro del Jazzaldia.
